Psicología positiva

22Aug

Para entender qué es la psicología positiva, es necesario revisar sus orígenes. Se trata de una  rama de la psicología humanista o “tercera fuerza”,  una vertiente de la psicología que surgió en los años 60 a modo de reacción a las disciplinas o “fuerzas” predominantes al principio del siglo XX: el conductismo y el psicoálisis.

La primera fuerza, o conductismo (behaviorism), es una disciplina de origen en el principio del siglo XX que comprende al hombre como un conjunto de comportamientos. Asume que nuestro “motor” interno se fundamenta en el castigo y la recompensa. Según esta disciplina estamos sujetos a una serie de fuerzas que nos incitan a comportarnos de una forma u otra. Sus principales representantes son Skinner, Watson y Thorndike.

La segundo fuerza es el llamado psicoanálisis. Se trata de una práctica terapéutica fundada por el neurólogo austríaco Sigmund Freud alrededor de 1896. La principal premisa es que nuestro comportamiento es una respuesta directa a los procesos del subconsciente. Por tanto “ataca” a nuestro malestar emocional por medio de la comprensión e interpretación de este pilar cognitivo. La hipótesis se fundamenta en que desgranar nuestros mecanismos de defensa, nuestros instintos biológicos, nuestras neurosis, y en general el compendio de “fuerzas oscuras” que operan a nivel subconsciente, nos ayudará a tener más capacidad para enfrentarnos a la vida. Esta práctica se transformó y evolucionó en gran medida a los largo del siglo XX con Jung y Adler como máximos exponentes.

En ambas aproximaciones se entiende que  somos en cierta medida unas “víctimas” de nuestro contexto. Para muchos faltaba una vertiente donde se pudiera presuponer el concepto de libertad en el hombre.  Por otro lado,  considerar la posibilidad de que junto a la  mente, fuésemos también un “espíritu”. De alguna manera creo que se intentaba dar algo de dignidad a lo que somos.

La psicología humanista se vincula en gran medida al estudio del bienestar, el optimismo, la amabilidad, la moralidad, la virtud, el amor, las relaciones, la empatía o la autoactualización.

El problema: la falta de rigor a la hora de aplicar el método científico al analizar tales cuestiones.

Se trataba de ideas evidentemente interesantes,  pero sin rigor académico. Y ya sabemos que sin rigor epistemológico la ciencia rápido pierde el interés y pronto el estudio de esta disciplina se quedó fuera de las universidades. La psicología humanista se transformó poco a poco en el movimiento de la autoayuda que evidentemente ha tenido un tremendo calado en el pasado siglo.

Pero muy pronto, y a modo de evolución natural de la psicología humanista, se sentarían las bases intelectuales de la disciplina psicológica que nos ocupa.

Se puede decir que Abraham Maslow, Karen Horney y Aaron Antonovsky fueron los abuelos de la psicología positiva.

En 1954, Abraham Maslow, en aquel entonces Presidente de la Asociación Americana de Psicología, publicó el artículo “Hacia una psicología positiva”. En el escrito se ponía en evidencia la necesidad de promover el estudio de la amabilidad, la bondad, la felicidad y el optimismo, haciendo uso de una metodología más riguroso.

Karen Horney, que había dedicado su vida a tratar a pacientes por medio del psicoanálisis, sentía que este enfoque para tratar a sus paciente era ciertamente negativo. Ayudar únicamente por medio de la comprensión de las neurosis y las psicosis en los enfermos ya no era suficiente. Por tanto dedicó el resto de su vida a estudiar qué funciona en el hombre sano.

Por último, Aaron Antonovsky, profesor de medicina sociológica, introdujo un término que cambiaría en gran medida el paradigma de la medicina contemporánea: salutogénesis (saluto: salud – génesis- origen)

¿Qué pasaría si en lugar de centrarnos en las enfermedad nos centrásemos en la salud? Este concepto no solo se reducía al ámbito de la psique, sino que traza una nueva línea de trabajo en lo relativo a la bienestar físico por medio del estudio de la medicina preventiva.

Si estos tres profesionales fueron decisivos en el nacimiento de esta disciplina, la psicología positiva tiene un padre indiscutible: Martin Seligman.

En 1998 fué elegido Presidente de la Asociación Americana de Psicología. Delimitó dos líneas de trabajo para su mandato: la primera era el trabajo para generar accesibilidad al conocimiento de la ciencia de la piscología. La segunda era la introducción y dinamización de la psicología positiva.

A partir de este momento ya no solo se estudiaría la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia o la neurosis. También se estudiarían los hábitos que funcionan. Se crearía a partir de entonces una red de estudiantes concentrados en comprender el amor, las relaciones, la autoestima, la motivación, la resilencia y el bienestar, por medio del método científico.

 David Myers comparó  el número de estudios vinculados a la psicología entre el año 1960 al  2000.  Enumeró  5.000 estudios sobre la ira, 41.000 en relación a la ansiedad, y unos 50.000 vinculados a la depresión. Frente a estas cifras, pudo observar que  únicamente se habían realizado  415 sobre la alegría, 2.000 en lo relativo a la  felicidad y 2.500  estudios sobre la satisficación. Los datos mostraron una contundente estadística de 21 a 1 en relación a estudios que se centraban en la enfermedad e investigaciones enfocadas en la salud. La comunidad científica estaba concentrada por tanto en lo que no funciona.

Sin embargo hoy en día se puede hablar de una pandemia global de depresión. Las cifras  indican que se ha multiplicado por 20 desde 1890. Puede que en gran parte esta cifra tenga que ver con que hoy en día se controla y se diagnostica en mayor número. Lo que no deja lugar a dudas es el incremento contundente de los casos de suicidio en todo el planeta en el siglo XX. Más de un millón de personas se quitan la vida al año, y se prevé que en 2020 esta cifra llegue al millón y medio.

Las cifras hablan por si mismas. Nadie dice que no sea importante estudiar la enfermedad, pero sinceramente creo que equiparar el número  de estudios vinculados a la salud tiene todo el sentido.  Como apuntaba Seligman,  a una persona que esta sufriendo emocionalmente, no solo debe bastarnos con repararla. Nuestra responsabilidad además debe ser construir las bases que le permitan ser feliz.

Seguiré hablando de esta disciplina en próximas entradas, pero me gustaría acabar este artículo con algunos pensamientos.

El primero sobre el que me gustaría reflexionar es sobre nuestra tremenda torpeza. Hemos tardado 130.000 años en darnos cuenta de la importancia en analizar  los hábitos físicos y emociones de las personas sanas.

A veces me pregunto si es que existe una inercia genética y biológica hacia el pesimismo por alguna razón. Quizá el haber estado expuesto miles de años una tremenda violencia física y una gran hostilidad en lo relativo a la superviviencia, nos condiciona en este sentido. La realidad es que somos ineptos, cerrados, obtusos, negados, incompetentes, nulos, inútiles, cerriles, unos zotes, unos zopencos, vamos un desastre. 

En cualquier caso soy optimista. Hemos tardado, pero estamos llegando a sitios muy interesantes. Solo espero que nuestro egoísmo no siga siendo el mayor freno en nuestra evolución intelectual y espiritual.

¿Qué hay de una economía positiva, una educación positiva,un gobierno positivo? ¿Y una sociedad positiva? ¿No sería posible generalizar los modelos de gestión que mejor funcionan en el planeta? Habrá quien piense que culturalmente somos muy diferentes y que esta idea nos es posible. Más ego. Más separación. Más violencia. Si algo he aprendido en los últimos años es que tenemos mucho más en común de lo que imaginamos..

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